viernes, 24 de febrero de 2012

Utopías gráfica / Editorial

EDITORIAL
Director-Editor Luis E.- Rodi Maletih

CORRUPCIÓN

La corrupción, enquistada en todos los niveles, es el gran enemigo de la realización del pueblo argentino. Un país potencialmente rico, con recursos naturales generosos, que debería abastacer sobradamente a los cuarenta millones de habitantes que lo pueblan, muestra en cambio una distribución de ingresos tan desigual que no puede menos que calificarse de retrógrada.
Las desigualdades económicas tienen, en esta Argentina, diversas explicaciones -políticas económicas erróneas, falta de fomento a las actividades productivas, etc.- pero los hechos de corrupción son una de las más importantes motivaciones de ese flagelo.
Como los países bananeros de las películas, la Argentina a través de su gobierno no toma medidas contra los hechos de corrupción, en gran parte porque los integrantes de ese propio gobierno los practican. Y cuando son descubiertos por la prensa, no responden por sus hechos. No saben. No contestan. Como Boudou. El vicepresidente de la Nación está siendo investigado por su conexión con un presunto testaferro que, a pesar de declarar una mísera suma mensual de ingresos se las ingenió para comprar la impresora Ciccone, luego favorecida por el Estado Nacional -después de recomendaciones de hombres colocados en puestos clave de control
por el mismo Boudou- con suculentos contratos por la emisión de billetes. Las pruebas apuntan al vicepresidente, que sería el verdadero propietario de la empresa que hace negocios con el Estado. En cualquier país serio, un escándalo así debería costar el cargo al infractor -como le pasó al presidente alemán la semana pasada por mucho menos-. En la Argentina, ni Boudou ni su superior mencionan el tema, faltando a sus deberes republicanos: parecen olvidar que se deben al pueblo -en un ejercicio de soberbia impar, deben imaginar que el país se ha transformado en una monarquía absolutista-.
Es corrupto también el sistema que entrega millones de subsidios a empresarios del transporte que se enriquecen mientras los colectivos y trenes que administran están como hace más de diez años: cero inversión. Los resultados, lamentablemente, se cuentan en vidas humanas.
El accidente del pasado miércoles podría haberse evitado, como también podía haberse evitado
el anterior y, como van las cosas, el siguiente. Falta de mantenimiento, mal mantenimiento,
funcionarios que miran al costado.

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