El cliente no siempre tiene razón
La agresión sufrida por el joven Ezequiel Biagioli –de sólo quince años- a manos de otros tres, acontecida no en algún suburbio oscuro sino en la mismísima Bunge y la playa, en el horario nocturno que precede a la entrada de los adolescentes en los boliches bailables motiva estas líneas. En primer lugar, por el sensacionalismo de algunos medios capitalinos, que pasaron de reseñar una desfiguración completa del rostro de la víctima hasta minimizarlo como lesiones le-ves. O por la misma confusión de esos medios, cuando señalan que la pelea se habría iniciado porque Ezequiel "llamó puto a un amigo". Vaya, suerte que eran amigos… si eran enemigos quién sabe qué habrían hecho, además de golpearlo salvajemente en proporción de tres a uno (la valentía, se percibe, es una característica de esta nueva generación; en mis tiempos, era de una cobardía suprema pegarle a alguien tirado en el piso, y más cuando se trataba de más de un agresor).
Para la mayoría de los medios, la enseñanza profunda de este desgra-ciado acontecimiento pasa por el deporte practicado por los agresores (rugby, pero podría ser fútbol o boxeo, también estigmatizados socialmente). A mí me preocupa otra cuestión, que refiere a la cantidad de jóvenes que, cada noche, concurre a ese enclave –bien iluminado, por cierto- para entonarse antes de ir a las disco. Son decenas. O centenas, si me apuran. El número, digo, no amerita la presencia de ni siquiera un mísero policía?
Es de lógica simple que una aglo-meración de personas requiere de seguridad policial bajo cualquier cir-cunstancia. Aquí se puede agregar que se trata de un circuito en muchos casos regado por alcohol. Pero la policía de Pinamar no parece haberse enterado.
La falta de presencia policial puede tener cualquier excusa –la falta de personal no debería ingresar entre ellas, ya que dónde puede precisarse personal más que en un lugar tan concurrido?-, pero por lo general suele disimularse mencionando que el "turismo" –en estos casos parece una palabra tan abstracta- prefiere pasar sus días veraniegos sin límites, incluso quebrantando ciertas reglas de urbanismo –los cuatriciclos, por ejemplo, no deberían circular por las calles sino en espacios destinados a tal uso- y preferentemente sin personal que representa a la autoridad que coloca límites. Un sector importante del comercio local abona precisamente esta idea, la del "todo vale si se trata de un turista que nos deja buenos ingresos económicos para pasar el invierno". Permítanme disentir. En estos casos, el cliente no tiene razón. No si su conducta lo lleva a protagonizar episodios como el que motivó este escrito. Se puede uno divertir sanamente sin necesidad de quebrantar las leyes.
El problema no pasa por lo que presuntamente "quiere" el "turista" sino en la falta de reglas claras como las existentes en sus lugares de origen. Con presencia policial en las aglomeraciones este tipo de hechos no ocurre, y cuando ocurren son rápidamente solucionados. Con cuatriciclos circulando en los sectores predeterminados evitamos accidentes –que ya ocurrieron en Pinamar, incluso protagonizados por menores con padres, evidentemente, de cerebro más pequeño-. Puede que alguno deje de venir a Pinamar, pero quién sabe cuántos más pueden llegar atraídos por la tranquilidad que era marca registrada del Pinamar de Jorge Bunge.
Para finalizar, otro pequeño detalle. El Hospital de Pinamar queda, siendo generosos, a dos kilómetros de Bunge y la playa. Y la ambulancia tardó veinte minutos en llegar?
Luis Rodi Maletich
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